Hermandad del Desconsuelo 

-.ICONOGRAFÍA Y PASOS.-                            

 

Iconografía: La imagen del Señor representa, iconográficamente, al Varón de Dolores, aunque adaptado a la peculiar "idiosincracia" del pueblo andaluz. Se trata del tema de Jesús, sentado, desnudado, cubierto sólo con un paño de pureza que circunda sus caderas, esperando su crucifixión, mientras los judíos preparan el tormento. En el Paso de Misterio de Jerez también aparecen unos soldados romanos y un niño, repartiéndose la túnica de Cristo, una vez despojado de sus vestiduras. Este tema iconográficamente proviene del Norte de Europa, donde tuvo una gran aceptación popular. Después se difundió por zonas meridionales con relativa fortuna. El tema data del siglo XV, disfrutando de gran popularidad en el siguiente. Fue el genial pintor y grabador alemán Alberto Durero el que consagró este tema en sus grabados de la Pequeña y Gran Pasión.

En el paso de Palio, Dolorosa acompañada de San Juan. Iconográficamente, la Virgen dialogando con San Juan es un tema que se ha llamado la Amargura, comprendiendo el instante pasionista en que la Madre de Dios recorrió la vía dolorosa camino del Calvario. Al representar esta iconografía, siempre se le dio a la Virgen una expresión de profunda tristeza, captando al Apóstol en el momento de indicar el recorrido de Cristo por la Vía de la Amargura, con la Cruz a cuestas.

Los precedentes históricos de esta iconografía provienen de los Apócrifos, concretamente en las llamadas Actas de Pilatos, que son unos escritos latinos en los que aparecen muchos pormenores de la subida al Calvario, que entendieron que la Virgen iría acompañada del Apóstol Juan y que, al encontrar a Cristo en la calle de la Amargura cargando con la Cruz, se desmayó. Aunque esta descripción no concuerda con los Evangelios, puede servir, sin embargo, de complemento de los mismos. Esta iconografía no fue utilizada por los imagineros sevillanos, ni tampoco por los de Jerez, que prefirieron representar a la Virgen y San Juan en conversación, en diálogo, o en sacra charla, como espectadores que salen al encuentro de Cristo en la vía dolorosa.

 

Paso de Misterio: La talla de Nuestro Padre y Señor de las Penas es de talla completa y no está firmada, pero es atribuible al imaginero sevillano de la Escuela de los Roldan D. Ignacio López que estuvo afincado en la vecina localidad del Puerto de Santa Maria donde tuvo un taller. No obstante, sobre la imagen del Señor de las Penas siempre ha existido controversia, porque un sector de la crítica lo consideraba obra del siglo XVII y otro sector, la fecha en el siglo XVIII, fundándose en que, por su realización, tiene el movimiento y la emoción de dicho siglo, siendo este atribuido durante muchos años a las manos del jerezano D. Francisco Camacho Mendoza.

La imagen fue bendecida con el título "de las Penas" el día 23 de abril de 1714 (Viernes de Dolores), según consta en sus primitivas Reglas; la mencionada bendición fue realizada por el entonces Canónigo de la Real e Insigne Iglesia Colegial, Martín Real de Morales, por comisión del provisor. Este dato del acto religioso no aporta nada para localizar la época de la realización de la talla, puesto que por sus características parece de tiempos anteriores y, como último punto, en el acta de bendición se menciona que "está" en la Iglesia de San Mateo, con el sentido de anterioridad. Aunque es curioso que la bendición fuera posterior a la de la Virgen y San Juan.

La talla del Señor de las Penas es desgarradora por la indigente cantidad de heridas, erosiones, arañazos y contusiones que el artista hizo figurar en el cuerpo. La corona de espinas, de ramitas hirientes y cortantes, la lleva prendida en la cabeza, desgarrando las sienes y produciendo en la frente hilillos de sangre que descienden, con insuperable realismo, hasta la cara, el cuello y el tórax. Los azotes que el Señor recibió cuando fue atado a la Columna del Pretorio se reflejan admirablemente en la espalda de esta imagen, que aparece surcada por profundos latigazos. Las venas del cuello aparecen hinchadas, reflejando la enorme tensión del instante pasionista. Los ojos están elevados al cielo, en actitud de plegaria, confirmando esto, además, por las manos, que, entrelazadas, parecen musitar una oración. La nariz es recta, de amplias ventanillas y la boca ofrece unos labios que dan sensación de sequedad.

El cabello es suavemente ondulado. La mirada, elevados a lo alto, en oración al Padre, ofrece un gesto de infinita resignación ante el tormento, de dolor y de sacrificio. Las rodillas están muy quebrantadas, brotando sangre en abundancia, con una policromía suave, que trasparenta la sangre cuajada y los golpes recibidos. Indudablemente,  el imaginero sevillano D. Ignacio López  a quien se le atribuye dicha talla era un conocedor de la anatomía, y en esta talla nos dejó sus conocimientos de esta ciencia tan importante para el buen imaginero.

Bien pudiera decirse, que es un barroco que ha llegado a las últimas metas y logros, característica de la escuela Sevillana de los Roldan a los definitivos descubrimientos en cuanto a exaltación y búsqueda de aquellos sentimientos que, con mayor facilidad y sencillez, provocan en el espectador la piedad y el arrepentimiento. Para lograr esto, nuestro imaginero recogió el estado anímico de Cristo instantes antes de ser clavado en la Cruz.  

Es un momento pasionista de gran fuerza dramática, con Cristo quebrantado, física y moralmente, que se ofrece en la expiación al Padre, aislándose en su dolor, haciendo efectiva la Redención. Por eso, con el barroco ha dicho ya todo lo que tenía que decir en materia escultórica por lo que el autor hace a manifestación del sentimiento, y, en concreto, de un sentimiento trágico, cuando ya se vislumbra la muerte, de ahí que nuestro imaginero haya expresado un sentir sufriente, patético, centrándose en el rostro de Cristo, que es una maravillosa muestra de lo bien que conocía la psicología del dolor. La imagen del Señor fue restaurada parcialmente en 1984 por José Guerra Carretero, fijando algunas piezas del montículo donde está sentado, sellando algunas fisuras de la imagen y haciendo una peana que arriostra las piezas semisueltas de la primitiva. En el 2008 acomete la más importante restauración sobre la misma las manos del jerezano D. Agustín Pina, reparando grandes grietas que peligraba la fisionomía de la talla al igual que limpieza y recuperación de su segunda  policromía. Actualmente se pueden apreciar detalles nunca vistos como moratones y heridas antes olvidadas y repintadas por el paso del tiempo. Las potencias del Señor son de plata sobredorada, cinceladas a dos caras y donadas por la juventud cofrade en el año 1994; las realizó Orfebrería Ramos de Sevilla.

En el Paso de Misterio aparecen también unas imágenes no sagradas, popularmente conocidas dos de ellas como Los Judíos de San Mateo. Son tallas modernas, obra del imaginero valenciano afincado en Jerez Ramón Chaveli realizadas en 1939. Estos dos judíos son deformes físicamente. El artista quiso representar en ellos la fealdad humana y la crueldad, lo que es claramente visible al contemplar estas figuras que intenta provocar en el espectador un fuerte impacto psicológico: al lado del rostro de Jesús, de su belleza, de su resignación ante el martirio, los rostros y expresiones de estos dos judíos constituyen el "reverso de la medalla": fealdad, crueldad, monstruosidad, cualidades negativas todas ellas de las que el artista se sirvió para incitar a la repulsa. Estas dos tallas de judíos aparecen en la delantera del paso, atareadas preparando la cruz, para dar paso a la ejecución, consumando la Crucifixión. Las posturas son naturales y los movimientos son muy acordes con la faena que están realizando. Uno de ellos es conocido popularmente como "El Bizco de San Mateo", que es una clara alusión a la deformidad comentada. Es el judío que empuña la barrena. Por su parte, el que clava el INRI con un martillo tiene, en su fisonomía, una verruga bien visible, conociéndose, pues, como "El Verruga".

En la trasera del paso aparecen tres soldados romanos, en actitud de echar a suerte la túnica de Cristo.

 Un niño sostiene la misma, de terciopelo rojo con bordados en oro, y debido a su pícaro aspecto, es conocido en el popular barrio jerezano de San Mateo como el "Golfillo". Todas estas figuras también son de Ramón Chaveli, realizadas en 1940. En 1995 se estreñó un tambor en talla de madera para este conjunto de romanos, que lleva encima los dos dados que faltan, uno con el uno y el otro con el tres, ya que un soldado romano tiene en su mano el dado de cinco. El tambor es obra de Antonio Armario Hervás, autor también de la cruz arbórea que va en la delantera del paso que es del año 1993 y donada por su autor.

La canastilla, de estilo barroco, se comenzó y estrenó en 1968 y se finalizó en 1970, de madera tallada y dorada, obra de Manuel Guzmán Bejarano, siendo muy destacable la buena distribución de la iluminación del mismo realizada por seis candelabros con un total de cincuenta y cuatro luces y con las tulipas rematadas con aros repujados y dorados. Este mismo artista lo doró completamente. Las dimensiones de la parihuela son de 245 cms. de ancho por 495 de largo y 140 de alto. Los faldones son de terciopelo rojo, cada uno bordeado con galones de oro. La canastilla tiene un perfil con mucho bombo y unas enormes cartelas rodeadas por unos angelitos en diferentes posturas. En 1973, en la canastilla y en los respiraderos se colocaron dentro de las cartelas, ocho medallones de plata de ley, obras de Francisco Fernández Barranco.

 

Paso de Palio: En este paso aparecen la Virgen del Desconsuelo y San Juan. Son tallas que corresponden al estilo de Ignacio López. La crítica pensaba que eran tallas del siglo XVIII, relacionándola con hombres tan relevantes como Montañés o La Roldana, habiéndose apuntado también la hipótesis de que se debiera a las gubias de Jacinto Pimentel, pero hoy día la paternidad de estas imágenes aparecen fundada en su atribución segura al Sevillano D. Ignacio López  representando en esta Dolorosa, el dolor letífico de la Madre de Dios, que rompe con sus fuerzas. La imagen de la Virgen, de candelero, es muy expresiva. Tiene una expresión dialogante, conseguido esto gracias a las manos, que transmiten sensación de vida y movimiento al espectador. Fue restaurada en 1980 por José Guerra Carretero, que según informó tenía múltiples repintes, rastros de lágrimas pegadas varias veces y el rostro casi desprendido de la cabeza.

En cuanto a San Juan, es una talla de una gran expresividad y finura de facciones. El rostro es hermoso, de ojos grandes, nariz recta y boca turgente. Está muy bien conseguido el bigote y la barba, partida en dos, como era costumbre de la época del Siglo de Oro andaluz. Ya Mariano Benlliure se deshacía en elogios de esta talla. Los cabellos del Apóstol reflejan la mano de un maestro insigne. La túnica y el mantolín de San Juan se puede datar del siglo XVIII y se le denominaría bordado de filigrana.

 Son piezas muy pequeñas de bordado, tejido sobre terciopelo verde la túnica y de color rojo, la capa. En el año 2000 se realizó una túnica nueva para San Juan, obra de Ildefonso Jiménez,  réplica de la de estilo isabelino de principios de siglo XVIII, que con el mismo dibujo y aplicando la misma técnica, descubre algunos elementos como un corazón de plata o unas margaritas rosas que en la original y por el paso del tiempo eran imperceptibles. Esta imagen de San Juan lleva en el camarín lleva una aureola de plata de ley, donada en 1800 por Francisco de Mirabal En el paso de palio lleva una de plata sobredorada, hecha en 1948 por Manuel Gabella Baeza.

Las dos mencionadas imágenes fueron bendecidas el día 3 de abril de 1713 (Viernes de Dolores), por el antes mencionado Canónigo de la Iglesia Colegial, Martín Real de Morales, por comisión del provisor.

En cuanto al paso, decir que es un paso clásico, todo él realizado en plata de ley. Manuel Gabelia Baeza es el autor de todas las piezas de orfebrería; los varales, de plata repujada y cincelada, los realizó en 1946; los basamentos son cuadrados y en cada cara hay un nicho. Delante del nicho, de la cara exterior, está la imagen de un Apóstol (del apostolado de la Cartuja); son figuras de bulto redondo, con un movimiento en el conjunto y en los detalles que hacen que estas pequeñas figuras se conviertan en grandes esculturas del mejor momento del barroco. Fermín Bohórquez Escribano y su esposa regalaron el año 1957 la peana de plata de ley. Los respiraderos se estrenaron en 1949, luego vendría el estreno de los candelabros de cola en 1957, en forma de parra y con bases triangulares y sobre cada una de ellas, y alrededor del fuste, hay tres angelitos desnudos que juegan y corren sobre la peana (también fueron donados en 1955 por el matrimonio Fermín Bohórquez Gómez y Soledad Escribano Aguirre). Las jarras, cuatro grandes y seis medianas, son del año 1947, y las ocho pequeñas, de 1954, siendo donadas todas por Don Ignacio de Soto Domecq. La candelería, que es de plata de ley, tiene 124 puntos de luz y los candelabros de cola, 30. Llaman la atención de los varales la forma de los mismos, que arrancan de unos portentosos basamentos y luego se van adelgazando hasta rematar en la cúspide. El paso lleva una imangen de San Blas, labrada en plata de ley y realizada por el taller de orfebrería de José Manuel Ramos de Sevilla, colocándose en el paso por primera vez en el 1992 tras el llamador, que es también de plata de ley y que fue donado por Don Ignacio Vázquez. La corona de la Virgen, de plata repujada con adornos de oro, es característica por las ráfagas amplias y largas, con imperiales, o sea, corona cerrada; fue diseñada y labrada también por Manuel Gabella Baeza en 1947 y donada por D. Ignacio de Soto Domecq.

Juan Manuel Rodríguez Ojeda realizó los bordados en oro . El techo de palio fue estrenado en 1902 y el manto, de terciopelo de tonalidad azul pavo real, el 16 de abril de 1905,  por la Virgen de la Amargura de la capital hispalense. El coste fue de diecisiete mil pesetas. Posteriormente fueron adquiridos por la Hermandad del Desconsuelo en 1926 por diecinueve mil quinientas pesetas pagadas en varios plazos. Es el primero que realiza Juan Manuel Rodríguez Ojeda con este diseño, que sirvió de guía a otros palios de este autor. A pesar de ser una innovación en su tiempo estos bordados guardan ciertos resabios de la estilística precedente: en el techo y en el interior de las bambalinas nos encontramos todavía bordados que mezclan los motivos vegetales con motivos geométricos tan propios del siglo XIX y que también podemos encontrar en otro palio que también fue diseñado por Juan Manuel Rodríguez Ojeda como es el de la Piedad. Es uno de los primeros en el que se incorpora un elemento básico en la obra de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, como es el eje simétrico, el candelero, y que se trata, en síntesis, de un eje central que va desde el centro de la embocadura del manto hasta la parte central de la cola. Hay un candelero desde el que va partiendo toda la vegetación, todos los elementos a bordar, y que sirve también como espejo, siendo el candelero el que marca la simetría: del centro a la izquierda será el mismo bordado que del centro a la derecha. En él se aprecian las nuevas aportaciones del artista como son los caracolillos, zarcillos, rosas de pasión y otra gran lista de elementos para enriquecer los pasos de palio. Es en de definitiva de composición longitudinal, y, de cestillos, ánforas y macollas; surgen enormes hojas de acanto muy voluminosas, con múltiples brotes que se desparraman hacia ambos bordes del manto y lo llenan todo. A destacar el jarrón-cratera que está casi al borde del manto; de éste no brotan las hojas de acanto: son flores preciosas, fantásticas que quedan al aire, que cuando el paso avanza oscilan suavemente. Se restauró entre los años 1981 y 1982 para pasarlo a nuevo terciopelo, respetándose al completo el mismo dibujo del bordado, por José Guillermo Carrasquilla, que cobró 5.200.000 pesetas por el trabajo. Con anterioridad a este manto, la Virgen aparecía cubierta con otro manto con unos bordados de cuernos de la abundancia con unos grandes lazos.. A finales de los años 40 estos bordados se aplicaron a los paños de las bocinas y el Senatus.

En el palacio de los Puerto Hermoso se conservaban unos paños de terciopelo bordado: en el siglo XVIII decoraban el dormitorio principal de la Casa de Braganza. De estos paños, y por la generosidad de Don Ignacio Soto Domecq y la iniciativa del cofrade José Bernal Fernández, se hicieron los faldones del paso de palio del Desconsuelo. El trabajo se realizó en 1946 en el taller de bordados que las Carmelitas de la Caridad habían montado en unas dependencias que tenían en un colegio de nuestra ciudad. La imagen de la Virgen cuenta con varias sayas. La de procesionar tiene parte de bordados anónimos del siglo XIX, procedentes del manto antiguo de la Señora.

Tiene otra saya de terciopelo rojo oscuro de por lo menos finales del siglo XIX. Los bordados son de hilos de oro y la composición es ascendente. Comienza con una gran mancha de oro, un florero, y de éste y de su pie salen flores que suben y se mezclan con roleos. Al final hay otro florero más delicado, y sus flores son las que rematan la composición.

En el camarín, la Virgen tiene también otra saya de terciopelo rojo. Los bordados cubren la falda y el corpiño. Es una composición muy original y una mezcla de escuelas; los roleos son de trazos finos suaves, como los bordados valencianos, y sirven de soporte a unas flores grandes, dibujadas con mucho realismo. Es probable que se bordaran a mediados del siglo XIX.